
Foto: Perú 21
Jalón de orejas asumido. Con la fregada pertinencia que pueden exhibir las mujeres cuando se lo proponen, mi amiga y colega Pamela, me recuerda que los periodistas también llegamos tarde, esto sólo en un mar de malas costumbres. Es cierto, y tenemos otras peores. Por ejemplo, quedarse dormido en algunas sesiones parlamentarias (placer prohibido que compartimos con no pocos congresistas). Uno está, no sé, en la comisión de presupuesto, escuchando al ministro de economía decirle NO a todo lo que le piden, y uno, que está allí a la caza de "pepas", como no escucha ninguna, va y se duerme. O se "cabecea", en plena galerìa de prensa, mientras el pleno se enfrasca en un candente y apasionado debate para decidir si se declara el 30 de febrero como día del contador pùblico, cosa que a los periodistas, con perdòn de los contadores, nos interesa un carajo...
En mi defensa, debo decir que siempre me propongo no volverlo a hacer, aunque pasará siempre lo mismo que con la promesa repetida y violentada con sumo placer, de dejar el cigarro. Pero de mis malas costumbres hablaremos otro día. Hoy quiero referirme a malaspectosos más influyentes que yo, su humilde servilleta.
Un buen día, a Alan García y a su ministro Rafael Rey se les ocurrió, con acierto, impulsar la industria de la anchoveta, no sólo destinándola a la harina de pescado, sino al papeo, al richi diario. Bueno, organizóse un almuerzo a todo meter en el gran comedor de Palacio de Gobierno, con Gastón Acurio, el chef de moda, como invitado principal. Como periodista, a mí me dicen que vaya a cubrir "el almuercito". Ya estando en palacio, algún colega (igual hasta fui yo mismo) lanza al aire la típica pregunta, la de ley: "y nosotros?" (los periodistas). La respuesta alienta y esperanza, realmente: "para todos hay" contesta una voz oficial palaciega...
Como dice mi gran amigo Lino Chipana antes de pedir las del estribo, dejémonos de hipocresías. Son la una de la tarde, el olor del bitute se expande por todo Palacio de Gobierno, y se introduce en las fosas nasales de una masa de periodistas que están trabajando casi todos desde las 6 am, y que sólo han tenido por yantar un cachito de ayer y un emoliente. O sea, que la perspectiva, no digamos de un almuerzo, sino de una bandeja con bocaditos hechos de anchoveta, pues qué quieren, activa las glándulas salivales, despierta la adrenalina y hace que el león, grrrrrrrrrrrrrrr, ruja, feroz, de puro contento. Y el machito que diga que no se relamió ante la perspectiva de una anchoveta doradita, con su limoncito, que tire la primera piedra. Sólo un alérgico al pescado podría haber dicho, como la chica en el comercial del choclo "no gracias, yo no..."
EL asunto es que nos hacen pasar al Gran Comedor de Palacio, y como es uso y costumbre, hay unos estrados, uno a cada lado de la puerta, para la prensa. En la mesa de honor, el señor presidente, a su diestra Gastón y a su siniestra el ministro Rey. Lo de siempre: Discurso de orden del Presidente, y las onomatopeyas y gemidos de Gastón al dar su veredicto: no hay nada que hacer, la anchoveta es uno de los más exquisitos manjares de los siete mares. Bueno, ya nos lo han dicho hasta la saciedad, y las bandejas han pasado por nuestras narices, de ida y vuelta, mostrándose impúdicas todas las variedades: causa de anchoveta, tiradito de anchoveta, anchoveta en chicharrón, todo con unas guarniciones de arroz graneado y calientito, yuquitas fritas, doraditas, salsa al olivo (debilidad personal del autor), papas sancochadas, sarandaja,choclito sancochado, en fin. A esa hora todo el mundo puede acreditar que la anchoveta es el no va más de la cocina nacional, menos los periodistas, que nos hemos fumado todo el almuerzo sin que los mozos se detengan siquiera, no ya para disfrutar de las delicias, sino para por lo menos, poder hacer una toma decente de la presentación de los platos, servidos en esas vajillas enormes de gourmet que me parecen la estafa más grande del mundo, porque , a ver dígamen: dónde se ha visto semejante platazo para tan mísera muestra de comida, como los que se usan en los restaurantes fichos? fraude, se llama eso, sobre todo para quienes estamos acostumbrados a la abundancia del calderón de gallardo, con su presidio y su huérfano más, de la Tía Estofado.
Dato: Para los que no me conocen, yo nací en Lima, pero desde que tenía un mes de nacido, mis padres tuvieron la bendita idea de llevarme a Piura, Sullana, para ser más exactos. Y yo me acuerdo clarito que cuando era churre, si por alguna casualidad te caía alguna visita, un familiar, un amigo, o un cobrador, a la hora de "tirar palana" (que así le llamábamos al richi rey) pues agarrabas un plato, le ponías lo mejor de tu mesa, y en la sala o en el petate, cuchara en mano (así se come en mi norte) le dabas curso al expediente con entusiasmo, mientras conversabas de cualquier cosa. Dicho en plata: ni a un desconocido lo dejabas fuera de la mesa a la hora del almuerzo, porque en mi tierra (que tal considero a Piura) hay tres cosas que no se niegan ni al enemigo: el saludo, un vaso de agua fresca y un platito de comida.
Será que don Alan García no es piurano, pues, o es que tal vez en París, en su exilio dorado, donde esperaba que le prescriban los juicios, no se estilan estas cosas. Tal vez por eso no sabe que es de mala educación echarse a tragar mientras una muchedumbre hambrienta (o sea nosotros) lo mira engordar su ya vasta humanidad a menos de 10 metros de distancia. Porque a los 20 minutos exactos, el jefe de prensa de Palacio, nuestro amigo José Chirito (bastante apenado, por cierto, estoy seguro que si de él hubiera dependido la cosa, otro hubiese sido el cantar) nos comunicaba que teníamos que desalojar la sala porque el Presidente quería almorzar tranquilo. Claro, los problemas vinieron después, cuando teníamos que armar las notas y nuestros jefes nos pedían que mostremos los platos en la edición, cosa que no podíamos hacer porque los mozos pasaban orondos, frente a nosotros, a 60 kilómetros por hora, bandejas en alto.
Claro. No faltará algún infeliz que alimente la leyenda urbana de que los periodistas somos unos muertos de hambre. No se trata de eso, mi querido infeliz (cualquier día te invito a comer en un carrito anchovetero, que balas pa dispararte me sobran), sino del gesto elemental de cortesía que, considero, debe tenerse cuando te sientas ante una mesa repleta frente a otros que no tienen, por "x" motivos, similar fortuna. El rasgo es llamativo, no se crean: yo puedo tragar delante de uds., lero lero, y no les queda otra cosa que aplaudir y hacerme fotos, dice el gesto. Muy islustrativo desde el putno de vista piscológico. Yo y mis amigos, y uds, chusma, allá, en el fondo.
Bueno, señor presidente. A lo mejor el compartir todas esa anchovetas que acabaron en el fondo de su organismo, habría contribuído en algo a restarle gramos a su voluminosa anatomía. Pero no se preocupe, que si ud. un día, por azares del destino, cae en mi casa en Piura a la hora del almuerzo sin ser invitado, para usted también habrá sitio en el petate, plato hondo y cuchara.

4 comentarios:
No sé si fue antes o después de este evento que describes, pero los Wong se portaron muy bien con nosotros cuando Alan García presentó la conserva de anchoveta en su local de la Av. Venezuela, después de una apretada visita por las instalaciones, degustamos algunos potajes y nos regalaron muestras de las estrenadas latitas.
Ahh, los Vong! Tío, allí te puedes conbrar la revancha, cuando el joven en cuestión vaya a la inauguración de no sé, villa Condorito Vong y le digas, no gracias, ya comí.
Anchoveta, dulce manjar peruano, el cual metiendole su recutecu y su ajicito puede saciar al mas exigente gourmet... Un abrazo Andy, buen punto de vista...
Que horrible estar alli a LA HORA del almuerzo y conformarte con mirar a los comensales... Afortunadamente no todos los eventos son asi.
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